domingo, 20 de diciembre de 2009

Odio los semáforos


Quisiera sentir afecto por todas las criaturas, sean patentadas por Dios o por mano humana, pero no puedo. Me es imposible. Detesto a los mosquitos —de veras los odio con odio jarocho— y, con una aversión casi similar, a los semáforos. Me resultan odiosos por todas las razones imaginables. En la zona metropolitana de Guadalajara, Jalisco, los semáforos son los peores del planeta: son una mafia despiadada e impune que hace lo que se le pega la gana todo el tiempo, y desafío a todo el mundo a que me demuestre que me equivoco. Yo los llamo la mafia del foco rojo.
Hace unos años, las autoridades emanadas del PAN pagaron con dinero de nuestros impuestos a una empresa española para que coordinara el servicio de semáforos, pero fue un gasto inútil, cuantioso y absurdo. Los semáforos siguen igual de desincronizados y nos condenan a todos los ciudadanos a padecer su imperio del mal: rabia entre conductores, accidentes, gasto irracional de tiempo precioso de vida en embotellamientos agobiados por un calor asfixiante, se genera más contaminación y, por causa de la tensión colectiva, son crecientes los enfrentamientos, intolerancia y aquejanzas cardíacas, etcétera, etcétera, etcétera, y todo porque los pinches semáforos no se ponen de acuerdo ni se apiadan de nosotros, ¡y las autoridades que no se fajan los pantalones o las faldas para ponerlos en su sitio!
Si alguien me pregunta qué es lo primero que se me viene a la cabeza cuando se habla de mi urbe, y mi interlocutor es un ciudadano europeo que me presume las calles estrechas y de construcciones armónicas de su ciudad, su metro puntual, su señalización inteligente, sólo se me viene a la cabeza de Guadalajara una avenida con un semáforo en rojo, el que sigue a la distancia en verde, el sucesivo en rojo, y más allá, quizá dos en verde por un instante de iluminación pues uno entrará enseguida a su fase ámbar, pero el de más allá estará impunemente en rojo, y así sucesivamente. De plano un galimatías vial. Nada para enorgullecerse. ¿O quizá son muy chovinistas y nos pretenden recordar incesantemente los dos colores de nuestra bandera patria? En México no se pone de acuerdo nadie, ni las máquinas, y su desparpajo es inmoral. Nuestros semáforos son un reflejo de nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo, son nuestra horrible metáfora.
Pregunto a las autoridades, con toda justicia: ¿cuándo se van a compadecer de la ciudad y harán algo tan simple como convocar a científicos universitarios, incluidos académicos y estudiantes, para que hagan un simple programita de cómputo que ponga orden a este desastre vial y verán que ahorraremos en salud, gasto de combustibles, contaminación, incluso crecerá la productividad social? Tecnología existe y en la UdeG hay gente muy valiosa, creativa y hasta genial, sólo le hace falta apoyo, nada más, para hacer cosas geniales con el tránsito citadino.
La verdad es que basta con un poquito de voluntad para acabar con esta mafia del foco rojo, es todo, se los juro. Hasta la próxima…

jueves, 17 de diciembre de 2009

No a la censura de Radio UdeG, pero igualmente no a la cesura en Radio UdeG


Es condenable que se pretenda mínimamente censurar a nadie en este país. El señor Felipe Calderón Hinojosa y su equipo de asesores del PAN, con apoyo de Vicente Fox y muchos empresarios, hicieron gala de su libertad de expresión hasta el punto repudiable de la mentira y la calumnia en contra del Andrés Manuel López Obrador durante el proceso electoral de 2006, y no hubo modo de poner un hasta aquí a sus excesos, y hoy día los pagamos con una pésima administración pública, la peor en al menos 50 años. Recientemente, un par de frívolos locutores se pusieron a hablar coloquialmente en Radio UdeG de sus manías e intimidades sexuales, las cuales sólo los afectan a ellos, por lo cual se pretende intimidar con el peso de toda la ley si perseveran en estas expresiones «procaces».
En lo personal, si fulano de tal es adicto a autoestimularse genitalmente y lo hace público en un programa cómico de radio me tiene sin cuidado; es más, no lo escucho. Lo digo con claridad: no me interesa el programa radiofónico «La chora interminable». Es mi derecho. Pero es un absurdo insufrible la intolerancia hacia ese o cualquier otro programa de radio, sobre todo porque esos conductores me parece que poseen un nivel cultural que los acredita en el uso del micrófono.
En cambio, en México podemos ver y oír telenovelas, telenoticiarios y programas en los que, aparte de un uso paupérrimo de la lengua española, hacen gala de ignorancia, distorsionan hechos y mal informan, o de plano hacen apología de vicios y de la pobreza cultural de nuestro pueblo hasta la ridiculez. Y ahí no pasa absolutamente nada; las autoridades son desdeñosas, son todo tolerancia. Entonces, ¿dónde queda la educación, que debiera ser prioridad pública también en medios? Educación es sobre todo fondo, y no exclusivamente formas: importa seriamente qué contenidos dices y no sólo cómo lo dices.
Infortunadamente, lo sabemos la mayoría de creadores en Jalisco, en Radio UdeG también se censura, veta y discrimina si no compartes los puntos de vista de algunos de sus conductores. Si acaso hay un debate particular que afecta a las denominadas «mafias» o, en palabras de Alfredo Sánchez, la «plana mayor» —claro, su «plana mayor»—, no existe la posibilidad de ejercer el derecho de réplica, sin embargo sus comentaristas pueden decir cuanto les plazca, sean de carrera consolidada o de reciente incursión en el campo cultural. Los demás creadores debemos hacer solicitud «a ver si nos dan chance», sea para defendernos, sustentar nuestras opiniones en contrario con similares tiempos y formas o para dar a conocer nuestras propuestas artísticas o literarias. Su labor de investigación e inclusión radiofónica es limitada, limitadísma.
Bueno, y a todo esto, ¿que no somos la sociedad jalisciense quien paga mediante nuestros impuestos Radio UdeG, y dicha emisora debiera estar abierta efectivamente a la opinión pública? Porque entiéndase, no son autoridades ni directivos universitarios quienes cierran las puertas de este medio de comunicación —tienen cosas más importantes que hacer—, por ello han delegado esta responsabilidad a productores y conductores en su barra de programación. Así pues: ¿a quién diantres rinden cuentas estos conductores si segregan, vetan y censuran a la comunidad intelectual jalisciense, que es plural, crítica, propositiva y no pocas veces disonante?
Está de menos si poseen logros meritorios. Ellos —productores y conductores de Radio UdeG censores—, no son ni pueden erigirse en jueces de quienes hacemos cultura en Jalisco; puesto que somos una comunidad, entre todos hemos de construir la radio cultural jalisciense, o de otra manera simplemente hacen lo mismo que hoy el gobierno de derechas de Calderón Hinojosa a Radio UdeG.
Así que díganme: ¿qué diferencia hay entre la Secretaría de Gobernación y Radio UdeG?
Me sumo a la condena: no a la censura de Radio UdeG, pero también es inadmisible la censura de Radio UdeG. Hasta la próxima…

Fil 2009 ¡regia!

Esta feria internacional del libro de Guadalajara, la nuestra, tras la borrachera cultural de la semana del 28 de noviembre al 6 de diciembre, sólo merece un calificativo: ¡regia!
Nos hizo falta, eso sí, sensibilidad en materia de precios de libros. Editores y libreros necesitan darse una vuelta por supermercados, fruterías y carnicerías de Jalisco y el país entero, para comprender que, por ejemplo, un libro de los más económicos y de actualidad, con precio de venta al público por 130 pesos, es excesivo si consideran que el salario mínimo no suma los 53 pesos diarios; en contrapartida, el kilo de carne de res supera los 60 pesos el kilogramo. Díganme, ¿cómo podrá adquirir un ciudadano promedio en nuestro país —además de cubrir alimentación, servicios básicos, gastos escolares para los hijos y transporte— un libro que le cuesta 130 pesos?
Otro ejemplo: un título admirable y reciente, digno de adquirirse es el voluminoso Las benévolas, de Johnatan Littel, el cual ronda los 300 pesos. Un trabajador o una trabajadora mexicanos, bajo el régimen de salario mínimo, requerirían casi una semana de sus ingresos para leer este espléndido texto. Eso, señores editores y libreros, se llama exclusión. Con sus precios, segregan a un pueblo de la gran cultura; entonces pues, ¿cómo podremos superar nuestros rezagos social, político y cultural en México y América Latina? Más aún, ¿cuál es entonces la excusa para que los libros no causen IVA?
Justamente porque la cultura es medular para que toda sociedad prospere, en México se ha decidido eliminar gravámenes que impidan el acceso de los libros a la sociedad en general; no obstante, resulta que los libros, antes que disminuir en sus precios, sólo crecen y se tornan más y más inaccesibles. De qué rayos ha servido el precio único, ¿sólo para acentuar la injusticia social?
Antes ibas a la Fil y llenabas bolsas con libros maravillosos —incluso te sobraba para tus mexicanas posadas y obsequios de fin de año—, porque de veras era una gran fiesta de oportunidades para adquirir títulos difíciles de hallar fuera del Distrito Federal o que eran muy costosos, y podían durarte todo el año; eso se acabó, a partir del precio único sólo se han apretado torniquetes, pues la ley de precio único te impide jugar a la oferta, y el lector debe pagar más por menos...
La parte positiva de la Fil, por supuesto, ha sido magnífica en todos los sentidos. Una organización envidiable, oportunidades de negocios insospechadas, nuevas e interesantes relaciones públicas para los autores visitantes y locales, genuina difusión de la cultura, el conocimiento y la ciencia, conferencias y presentaciones de libros irrefutables en su trascendencia y proyección, entre las que destacó la teleconferencia con Ray Bradbury, seguramente todo un acontecimiento histórico para las letras en Hispanoamérica, pues ellos, quienes previeron un mundo hipertecnologizado —Bradbury, Assimov o C. Clark, entre otros—, hoy día como en el caso del autor de Farenheit 451 lo ven cristalizado, incluso nos regaló vía satélite una conversación vibrante, divertida y de profunda reflexión.
Los espectáculos de procedencia angelina en la explanada del edificio de exposiciones fueron de una calidad internacional fuera de toda discusión. Y una recomendación: vale la pena seguir la pista al grupo Cultural Crossroads, fue soberbia su participación. Y el ingreso, como siempre, completamente libre, al alcance del pueblo en general y con un recibimiento cálido, sobre todo de los jóvenes tapatíos. Fil cumple con la gente.
Los Ángeles hizo verdadera gala con su comitiva, y nos obsequió 9 días de actividades, espectáculos e intelectuales que nos han permitido reflexionar y debatir sobre el futuro de la mexicanidad, lo mexicano y los mexicanos en Estados Unidos, pero también los Estados Unidos, lo estadounidense y el mundo en el nuevo siglo. Como sea, pudimos advertir en este diálogo que Estados Unidos y México no somos tan distantes y nos urge trabajar en conjunto para resolver problemas hemisféricos, pero también mundiales. Nos guste o no, nos unen geografía, historia, economía y población.
Esperemos pues una nueva emisión de Fil en 2010 con la mirada puesta ahora una vez más en España, pero ahora en la región de Castilla, y ojalá que, entre el sábado 27 de noviembre y 5 de diciembre del año próximo, libreros y editores nos regalen con precios espléndidos; a cambio, una sociedad cada vez más culta y sensible del oficio libresco, responderá como un lector más ávido y más exigente, sí, pero también más necesitado de libros. Todos podremos ganar, no importa si la penetración del libro digital se torna cada vez más intensa: todo trabajo merece una remuneración y un lector consciente, generoso y conocedor solventará los esfuerzos de editores, libreros y escritores. Y más nos vale que así sea, ¿no lo creen? Hasta la próxima…

jueves, 19 de noviembre de 2009

Incertidumbre del 22 de abril

Incertidumbre del 22 de abril:
(apuntes sobre Aprilis de Sergio-Jesús Rodríguez)*
Rafael Medina
Estamos todos en el fondo de un infierno,
donde cada instante es un milagro.
E. M. Cioran

Escribo, como siempre, sin ninguna certidumbre. Es 22 de abril. El calor se burla de mi ventilador. No, no huele a gasolina. Hoy los muertos del sector Reforma cumplen diez años. Vivo frente al panteón Guadalajara, y lo aseguro, no hay festejo alguno. Escribo y no sé si terminaré de hacerlo. Estamos en los tiempos en que no se puede creer en nada. No, no quiero ser un paranoico, pero tengo que serlo. Todos somos victimas potenciales, jamás culpables. Culpables, por lo menos aquí, en nuestro país, no existen. Y eso es bueno. Por lo menos para nuestra ancestral cultura de la culpa: siempre es mejor ser víctima.
Es 22 de abril. Fecha que marca a esta Guadalajara que vivimos. Una coordenada que marca un antes y un después. Punto negro de nuestra memoria colectiva. La historia real. La de los seres que comparten un tiempo y un espacio. La del tú y el yo. No la del poder. La oficial. La de los pasteurizadores del tiempo, los humoristas involuntarios. Estamos a diez años del grito. Del día en que la cara de asfalto nos mostró sus colmillos. Y nos llenamos de terror ante el rostro. Y, sobre todo, porque nos percatamos que era el nuestro. La cara de toda ciudad es el reflejo del que la habita,
Hoy es imposible evitar el calendario. Y no recordarlos. A ellos. A los inoportunos. Los que caminaban por esas calles. Como si no hubiera cosas más importantes. ¿Para qué caminar? ¿Por qué ir de compras? ¿Con qué fin abordar esa ruta del transporte? ¿Pura qué quedarse en casa? ¿Por qué trabajar ahí? ¡Qué gente tan fastidiosa esa del barrio de Analco! Y aparte esa perseverancia. Colarse en nuestra memoria. No quererse ir. Hasta que uno no lo puede evitar y dice: pinches, pinches muertos los de Gante.
Es 22 de abril y hace un calor endiablado. La fecha provoca miedo. Pavlov explicaría mejor el acto reflejo. O basta una cicatriz de casi 13 kilómetros para demostrarlo. O la pierna fantasma de un damnificado. O la gasolina nuestra de cada día. Pero insisto, el calendario es más que suficiente. Hoy como nunca, es lo que es. Y el miedo siempre está envuelto en interrogantes. Por eso digo, no hay certidumbre. ¿Como aspirar a encontrar culpables, si ni siquiera supimos contar a los muertos?
Escribo y me pregunto: ¿Cuántas historias quedaron inconclusas? ¿Qué relatos quedaron sepultados en el parche de pavimento? La herida sangra preguntas desde hace diez años y el artista juega a contestarlas. Siempre asume su papel. Por eso afirmo que el libro Aprilis, es una respuesta que nos da Sergio-Jesús Rodríguez al enigma 22 del abril.
Sigmundo Palacios, el protagonista de la novela, vive la tragedia muy a su manera: ignorándola. El personaje sólo vive su tragedia particular, íntima, soportándola a través de la locura. Sólo así es capaz de recorrer el tortuoso camino de sí mismo y conocer las respuestas a sus planteamientos existenciales sobre el amor, la paternidad y el tiempo. Su desmoronamiento armoniza con la hecatombe externa y forma una simetría perfecta. Situación inmejorable para encontrarse con las respuestas a su yo tambaleante.
La reciente obra de Sergio-Jesús ya evidencia las obsesiones del autor por los personajes particularísimos, a los que nombrar locos es caer en el simplismo y lo equívoco. Muestra la pasión del autor por la explicación filosófica del tiempo: El tiempo no existe, nunca ha existido. Existe su ilusión, en la que el hombre permanece como un antecedente fundamental… Y finalmente, por la mujer, interrogante que palpita y no requiere respuesta. Dulce infierno requerido e imprescindible. Así, la triada tiempo, locura y amor refulge en la frente del escritor aludido.
Aprilis se suma a las aportaciones de la comunidad artística local ante un fenómeno ineludible de nuestra realidad. Desde la visión particular y cada vez más definida del joven novelista Sergio-Jesús Rodríguez.
Escribo y aún es 22 de abril. El calor sigue con su burla. El panteón silente. El miedo firme. Quiero terminar. Apagar mi computadora. Que las paredes sigan en su lugar. Y hacer caso omiso al calendario. Al temor. A mi olfato, que cuando estoy ansioso como en este momento, me juega bromas pesadas…
22 de abril de 2002, sector Libertad, Guadalajara.
*Alocución del escritor y médico mexicano Rafael Medina durante la publicación de la novela Aprilis, la noche del 23 de abril de 2002, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, en el Exconvento del Carmen. En tal fecha, concurrieron al presídium Luis G. Abbadie, Ricardo Sigala, Teófilo Guerrero y el autor de Aprilis, Sergio-Jesús Rodríguez, en conmemoración de la tragedia en el sector Reforma el 22 de abril de 1992 y el día internacional del libro. Rafael Medina también se ha ocupado del tema en su libro La cruz de la bestia (Acento editores y Paraíso perdido, Guadalajara, Jal., 2001).

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Y no bajan de precio los libros? Véase esto


Esta foto pertenece a Wikipedia, para más información favor de ir a:
http://es.wikipedia.org/wiki/Kindle
Otra opción más, esta de Sony:

Favor de ir a

http://espanol.bestbuy.com/enes/site/Sony+-+Reader+Touch+Edition+Digital+Book+-+Black/9492685.p?skuId=9492685&id=1218117619096

Los libreros deben pensar en la necesidad de que los libros son un derecho humano fundamental y de que si no lo hacen por voluntad humanitaria, el mercado hará lo suyo por voluntad mercantil y será letal para quienes no se comporten a la altura de los tiempos que vienen. Bien venidos aquellos implementos tecnológicos que democraticen y le den viabilidad a la cultura entre nuestros pueblos. Escuchen la voz de la historia: o se tocan el corazón y en América Latina (desde México y hasta Punta de Fuego) hacen más accesibles los precios de los libros, o no habrá futuro para los emporios editoriales. Va a ver muchos lectores deseosos de terminar con su monopolio de altos precios, qué pena, ¿no creen? Los libros son tan bellos como objetos, huelen tan rico. Que en esta Feria Internacional del Libro de Guadalajara se haga un bello homenaje, el más bello, a los libros: libros para todos. Hasta la próxima.

viernes, 16 de octubre de 2009

Aprilis 2009




Aprilis
en su 4ª. edición


Todo libro, como las personas mismas, posee historia propia. Permítaseme hacer una breve remembranza sobre Aprilis. En abril de 1992, yo laboraba en una plaza comercial próxima al área de las explosiones del llamado sector Reforma de la ciudad de Guadalajara, y justo el 22 de abril, en miércoles, se me obligó a descansar, lo cual hice de mala gana, pues era media semana. Esto quizá salvó mi vida. En tal época yo llevaba cierto avance de lo que iba a ser mi primera novela, la presente, y cuyo título había deliberado sería «La unidad y los fragmentos»; incluso la noche misma de su presentación, diez años más tarde, el dramaturgo Teófilo Guerrero la citó como tal en su alocución, ya que le di ese dato. Aprilis llegó a la luz pública con todos los problemas imaginables, el editor que desde el año anterior se había comprometido editarla me opuso extrañamente varios obtáculos de último momento, y para variar tuve que errar en busca de quién la imprimiera; por si fuese poco, además tenía el acuerdo formal de presentarla el 23 de abril, en el marco del día del libro. Por lo que advertí, en los hechos, le habrían dado «línea» a aquel incumplido editor para deslindarse de su promesa con mi novela, porque él mismo se benefició al maquilar otros materiales, incluso sobre el mismo tema —los desastres del 22 de abril—, en lugar de responder a nuestro convenio. Eso lo entendí entonces, y persisto en la misma idea: se trató de censura, una más de muchas. De nada valdría la mala jugada, Aprilis igual se publicó y fue lo mejor que pudo ocurrirle a mi libro.
Como había acudido a la Secretaría de Cultura Jalisco, se produjo en coedición con Ediciones Euterpe, cuyo tiraje muy pronto se agotó, incluso la excelente respuesta de los lectores me facilitó reunir los recursos necesarios para efectuar un viaje a Europa, en 2002.
Claro, pude haberla publicado casi diez años antes, pero la censura fue tenaz: el tema era delicado, la sombra del PRI planeaba intimidante y el hecho de que yo fuese un autor joven, sin recomendaciones y muy crítico con los medios político y literario, hicieron imposible darla entonces a los lectores. Recuerdos de esta época para mí son agrios: discriminación por ser joven, falta de oportunidades y de empleo, estaba vetado por mis ideas sociales y políticas; en una radio pude laborar como locutor, pero mi pecado fue no ser priista, y seguí en mis penurias por años... En el fondo editorial Tierra Adentro también se rechazó mi novela sin mediar argumento alguno —según se estilaba para trabajos desestimados—, no obstante en 2006, año fundamentalmente electoral, Aprilis ganó su sitio en la coleción de los Libros del rincón, de la SEP, para enseguida ser censurada, otra vez, mediante artificios burocráticos diversos, supongo que por causa del tema y de mi simpatía política de izquierda por Andrés Manuel López Obrador.
Hasta la primera mitad de la década de los noventa, los jóvenes de entonces carecíamos tajantemente de espacios de desarrollo y expresión en Guadalajara, Jalisco, si acaso no coincidíamos con la ideología del poder político imperante. Por lo que se ve, la situación no ha variado gran cosa, pero ahora se respira un poco más de libertad de expresión, o mejor dicho, difícilmente nos quedamos callados en la sociedad de nuestros días. Veremos cuánto tiempo nos dura el gusto, porque las tentaciones represoras y autoritarias siempre están al acecho.
En aquel 1992 yo contaba con 25 años, me dedicaba a un oficio no muy de mi gusto, escribía una novela y me sentía urgido por titularme en la universidad, y de pronto Guadalajara, el mundo entero y yo nos quedamos impactados. La ciudad había sufrido varias explosiones en diversas zonas, y en el aire se respiraba un ánimo de terror. En estas páginas describo a manera de telón de fondo lo que nos tocó vivir. Por muchos años las autoridades se empeñaron en culpar a las empresas instaladas en los puntos siniestrados, a causa de sus irresponsables derrames de desechos industriales al drenaje, pero la fuerza aniquiladora de aquella tragedia denunciaba sumamente ineficaz el argumento oficial: la potencia y extensión de las detonaciones habría sido costosísima en hidrocarburos. Simplemente no era creíble, nadie tira tanto dinero al drenaje, a menos que no le haya costado el menor esfuerzo obtenerlo... Las pérdidas humanas, también cuantificadas de manera dolosa, se estimaron en alrededor de 220 víctimas, pero todos sabemos que por el barrio de Analco, por ejemplo, incluso solía instalarse un bullicioso tianguis —mercado trashumante que se instala un día a la semana en diferentes puntos de la ciudad—, amén de los cotidianos residentes y visitantes en un área tan comercial. Entonces, ¿adónde fue a parar esa gente?
Personalmente colaboré como miles de ciudadanos anónimos en las acciones de rescate, recorrí calles devastadas, observé con estupor víctimas desgarradas por la negligencia oficial, y siempre insistí: hedía a gasolina. El incompetente gobierno federal de Carlos Salinas de Gortari se empecinaba en negarlo, como negó siempre injusticias, crímenes de estado y descontentos sociales a lo largo y ancho del país.
Los hechos poco a poco han dejado en claro que la verdad se impone de una u otra maneras, pero si bien la verdad histórica pronto emergió de entre escombros y sombras a la luz pública, la responsabilidad penal ya ha prescrito, nadie fue declarado respondable, y aunque los gobiernos de Acción Nacional prometieron juzgar y encarcelar culpables, sólo fueron promesas de campaña que se han diluido entre nuevos escándalos y nuevas tragedias. Nadie asumió la responsabilidad.
Somos una sociedad que solía ser desmemoriada; aún nos cuesta bastante trabajo recuperar y procesar nuestros recuerdos, para hacer historia, para mejor gobernarnos, para tomar mejores decisiones. Somos un pueblo olvidadizo, y con frecuencia también somos víctimas de nuestros renovados errores. Éso es lo más doloroso de ser ciudadanos de México, y de nuestra hermosa Guadalajara: pero nuestros olvidos y apatía cuestan vidas humanas.
Esta nueva edición de Aprilis, mejorada al corregir erratas y en diseño de portada e interiores, que aparecerá en noviembre de 2009, es una demostración palpable de que la literatura y el pensamiento crítico van más allá de quienes vanamente se esmeran en aminorar las oportunidades a la creación independiente y la lucha por la democratización de la cultura. Sólo puedo reiterar mi gratitud a quienes han hecho posible la permanencia de este libro: lectores, académicos, el editor David Mora Zamarripa, el diseñador Sergio Araht Ortiz Rosales, y renuevo mi solidaridad con las víctimas de aquel infortunado miércoles de abril, cuya memoria demanda algo que en México ya es un clamor cotidiano y de veras sonoro: justicia social, respeto y voluntad para mejorar con equidad y oportunidades la vida de quienes poblamos este hermoso país.
Sergio-Jesús Rodríguez
Guadalajara, octubre de 2009

Para adquirir el libro, favor decomunicarse a ladirección electrónica:
sergio_jesus33@hotmail.com

martes, 1 de septiembre de 2009

La delicia de leer a Thomas Mann



Empecé a leer a Thomas Mann hace muchos años, cuando me compré uno de sus rechonchos tomos en la librería Jardín de senderos, si no me falla la memoria; yo aún estaría en mis veinte años y pagué por él 30 mil pesos, claro, de entonces (aún lleva, en el borde superior derecho de la primera página, la cifra escrita con lápiz). Creo que debí leer sobre La montaña mágica muy antes, en algún ensayo de Rosario Castellanos, o alguna de mis diversas lecturas de aquel periodo. No es momento de hacer aquí una remembranza psicoanalítica. Pero este título, La montaña mágica, llegó a mis manos por una edición de Plaza y Janés, se trataba de un monumental libro con poco más de 700 páginas, con reducida letra y amplios renglones, que además me atrajo porque en tal traducción española se respeta por varias páginas la escritura en francés del señor Mann; por entonces yo iba a estudiar esta lengua en mis estudios universitarios.
Más tarde, en mi novela En el abismo, Bartolo, este protagonista —Bartolo Sigüenza Joya— estará muy interesado en Hans Castorp y su peculiar visión del mundo. Ahí, debo admitirlo, Bartolo es un reflejo de mi personalidad. La montaña mágica me fascina, es un libro cuyo tejido, como el resto de los títulos del celebrado hijo de Lübeck, es de una inteligencia y una sutileza por momentos sublime; justo al leerlo en traducción, de veras lamento no hablar, escribir ni comprender el deustch. Debe ser una experiencia dichosa degustarlo en su esencialidad lingüística; ¡pero vamos!, eso nos ocurre con todos los autores cuyas lenguas nos son desconocidas. Además, es una razón adicional para aprender alemán.
En el canal C7, de la televisión pública jalisciense, han repetido una vez más, ya son varias, el documental dramatizado Los Mann, sobre «la familia literaria más importante de Alemania», como reza el promocional en dicha televisora. No sé si en verdad sea la familia literaria alemana más destacada, pero tampoco será para nada ocioso releer a Heinrich Mann, verdaderamente vale la pena —por ejemplo Profesor Unrat o El rey Enrique IV—, y también lo será verse esta serie acompañado por la lectura que se menciona en el primer episodio de Los Mann, la novela Los Buddenbroock: ¡una extraordinaria delicia! Se trata de un libro clásico en ambos sentidos: es decir, consagrado por sus lectores en el tiempo y, sobre todo, por la armoniosa estructura y el manejo de elementos, que nos deja ver a un escritor que ha aprovechado con creces la herencia grecolatina, y aquí se ve más impregnado por la influencia latina, no así en La muerte en Venecia, cuyo sabor es primordialmente griego y en que Platón parece haber templado la pluma de Mann en cada frase, en cada pagina.
Las teorías del arte de Mann son recurrentes en su obra, pero también de enorme interés humano, su abordaje digamos filosófico aterriza siempre en la verdadera condición humana, de tal modo que permite que cualquier lector, sin necesidad de requerir una gran formación cultural, pueda acceder a este fenomenal escritor; la condición es tener paciencia, y la almeja dará la perla.
Thomas Mann es un escritor inteligente, por momentos endemoniadamente inteligente, y digo «endemoniadamente» porque recurro a la etimología: no olvidemos que para los antiguos griegos los demonios eran «los que sabían», no necesariamente los perversos y tramposos. En Los Buddenbroock, el arte de narrar va de la mano con la tensión dramática y la profundidad psicológica, lo que hace de su lectura un banquete insospechado para adoradores de telenovelas o «culebrones». Desde luego, requiere reflexión, pero el argumento es simplemente genial. La novela atrapa al lector, lo hace su adicto; no en balde este libro le fue decisivo a Thomas Mann para ganar el premio Nobel.
Lo más interesante es que Los Buddenbrock debería ser una lectura obligada hoy día para los poderosos en América Latina; en México no pueden dejar de leerla Felipe Calderón Hinojosa, políticos del gobierno y los superricos de esta nación, luego complementarlo con La montaña mágica. Y esto no solamente por las lecciones históricas que el señor Mann en ambos textos nos transmite, sino porque además podemos ejercitar la inteligencia con sensibilidad. Mann nos revela un mundo profundamente alemán, cierto, pero es también hondamente humanista y por tanto universal. Los desastres de la burguesía, el ocaso de los regímenes autoritarios (sin importar grado de brutalidad o sutileza, abiertamente explícitos o simulados por la «legalidad») y la quiebra de empresas, individuos y naciones poseen leyes comunes, y Thomas Mann en su obra parece decirnos he aquí razones e indicios. De paso, se distraerán en una magnífica lectura, que nos daría una buena tregua, un saludable respiro, para dejar de agobiarnos con sus irresponsables decisiones.
Para ponerse a pensar…